
La economía rusa no atraviesa un colapso inmediato, pero los síntomas de desgaste son cada vez más difíciles de ignorar. Después de varios años de crecimiento acelerado impulsado por el gasto militar, el país se enfrenta ahora a un escenario complejo: actividad prácticamente estancada, tipos de interés elevados, inflación persistente, escasez de mano de obra y una economía civil que pierde fuerza. El director general de Sberbank, Guerman Gref, uno de los empresarios más influyentes del país, ha describido la situación con una expresión gráfica: la economía rusa se está «congelando» y habría entrado ya en un estado de «hipotermia».
Los datos respaldan esta percepción. El producto interior bruto ruso apenas creció un 0,6% interanual durante el primer semestre de 2026, según las estimaciones de Rosstat. Esta cifra está muy por debajo de las tasas superiores al 4% registradas en 2023 y 2024, cuando la movilización industrial y el aumento del gasto público vinculado al conflicto bélico dispararon la actividad. Rusia ha pasado, por tanto, del sobrecalentamiento provocado por el gasto de guerra a un enfriamiento forzado por los elevados tipos de interés.
Una desaceleración coyuntural o el principio de un problema estructural
Massimo Cermelli, profesor de Economía y Ética Empresarial de Deusto Business School, considera que, por el momento, se trata de una desaceleración coyuntural, aunque advierte de que ya se están creando las condiciones para que se convierta en un problema estructural. «Ahora mismo registramos un dato coyuntural, pero la tendencia apunta a un deterioro de la economía. Si la guerra y las sanciones continúan, este desgaste podría transformarse lentamente en un estancamiento económico», explica a Economía 3.
Cermelli señala que el dato más preocupante no es necesariamente el PIB actual, sino la evolución de la inversión. «Lo realmente alarmante no es tanto el crecimiento del 0,6%, sino la caída de la inversión real. Menos inversión hoy significa menos capacidad productiva, menos productividad y un menor crecimiento potencial mañana», advierte. Esta diferencia resulta fundamental: una economía puede mantener temporalmente su actividad mediante el gasto público, pero si las empresas reducen sus inversiones en maquinaria, tecnología, instalaciones o nuevos proyectos, disminuye su capacidad para crecer durante los siguientes años. La inversión es el motor del futuro productivo, y su retroceso puede tener consecuencias duraderas.
El acelerador fiscal y el freno monetario: Rusia conduce con los dos pisados
Rusia continúa destinando una gran cantidad de recursos a la defensa y a las industrias vinculadas con la guerra. Esta demanda pública sostiene la producción armamentística, la metalurgia, determinados segmentos industriales y parte del empleo. Sin embargo, no implica necesariamente que el conjunto de la economía esté funcionando de manera saludable. «Una parte importante del crecimiento se debe al propio gasto militar. El problema es que ese impulso no llega de la misma forma a la economía doméstica, al consumo, a la inversión privada o a la industria civil», señala Cermelli.
El resultado es una economía cada vez más dividida. Por un lado, las empresas relacionadas con la defensa reciben contratos y recursos públicos. Por otro, numerosas compañías orientadas al consumidor afrontan créditos caros, mayores costes, dificultades para importar tecnología y una pérdida de poder adquisitivo de los hogares. Cermelli resume la contradicción rusa mediante una imagen elocuente: el país conduce con el acelerador y el freno pisados al mismo tiempo. «La economía rusa funciona con el acelerador fiscal y el freno monetario activados simultáneamente. El Gobierno mantiene el gasto elevado para sostener el esfuerzo bélico, mientras el Banco Central conserva tipos de interés altos para contener la inflación», describe el analista.
Esta dinámica recuerda a otros escenarios económicos en los que políticas contrapuestas generan tensión sostenida. En el contexto internacional, Trump amenaza de tallar el comerç amb països amb superàvit si la Fed no redueix els tipus d’interès, lo que evidencia cómo la guerra monetaria y las presiones comerciales se entrelazan en un sistema global interconectado. La experiencia chilena tampoco ofrece un paralelismo alentador: la economia chilena, a la baixa tras els sis mesos de govern de José Antonio Kast muestra cómo cambios en las prioridades económicas y un entorno externo adverso pueden frenar el crecimiento en cuestión de meses.
La escasez de trabajadores agrava el panorama. Rusia enfrenta una demografía en retroceso y una fuga de cerebros que reduce la fuerza laboral disponible. Las empresas civiles compiten por un pool de talento cada vez más reducido, mientras el sector defensivo absorbe recursos y mano de obra con prioridad garantizada por el Estado. La inflación persistente erosiona los salarios reales y reduce el consumo interno, que es el motor natural de cualquier economía equilibrada.
El comercio, como sector representativo de la economía civil, siente la presión de forma directa. En contextos de tipos elevados y acceso restringido al crédito, las pymes y los comercios de proximidad son los más vulnerables. No es casual que en territorios como Ceuta, donde la actividad comercial ya sufre las consecuencias de una crisis migratoria prolongada, el tejido económico se haya visto gravemente afectado: el teixit comercial de Ceuta col·lapsa: vendes a la meitat i 33 milions d’euros en pèrdues per la crisi migratòria. Aunque el caso ceutí responde a circunstancias distintas, ilustra la fragilidad del comercio cuando convergen múltiples factores adversos.
La industria civil rusa necesita reinversión para modernizarse, pero los altos tipos de interés desincentivan la inversión productiva. Las empresas que podrían diversificar la economía hacia sectores tecnológicos, manufactureros o de servicios avanzados encuentran el financiamiento caro y el acceso a tecnología extranjera limitado por las sanciones. El resultado es un círculo vicioso: menos inversión, menor productividad, menor crecimiento potencial y, en consecuencia, menos recursos para invertir.
El perfil de una economía que depende excesivamente del gasto público y del sector militar es inherentemente frágil. Cuando el impulso bélico pierde fuerza o cuando la presión internacional se intensifica, los sectores civiles quedan desprotegidos. La economía doméstica necesita consumo, necesita inversión privada, necesita innovación. Sin estos elementos, el crecimiento se sostiene sobre arenas movedizas. La advertencia de Gref sobre la «hipotermia» económica no es una metáfora menor: apunta a un riesgo real de que la actividad se contraiga de forma sostenida si no se modifican las políticas económicas.
El reto para Rusia es doble. Por un lado, necesita mantener el esfuerzo de defensa sin asfixiar al resto de la economía. Por otro, debe encontrar fórmulas para reactivar la inversión civil y el consumo interno. Las sanciones occidentales, que han obligado a Rusia a reorientar sus intercambios comerciales hacia Asia, añaden una capa más de complejidad. El comercio con China e India ha crecido, pero no siempre en los sectores más estratégicos para la diversificación económica.
Mientras tanto, los indicadores adelantados no ofrecen señales alentadoras. La inversión real cae, la inflación se mantiene por encima de las metas, los salarios reales pierden poder adquisitivo y el sector civil se contrae. Si esta tendencia se consolida, Rusia podría enfrentar en los próximos trimestres un estancamiento más profundo del que las cifras actuales sugieren. La economía no colapsa de un día para otro, pero se desgasta, y el desgaste, cuando se acumula, tiene un coste que tarda años en repararse.



